lunes, 9 de enero de 2017

Más bonita que ninguna

Un día, casi sin quererlo, me di cuenta de que esa dulce niña, tímida y reservada, con la que jugaba cuando tan sólo éramos inocentes críos, me tenía completamente loco. Me moría por sentarme a su lado, y amañaba los grupos de trabajo para intentar que siempre me tocase con ella. En ese momento parecían infantiles juegos de niños, pero esa mirada, profunda, limpia y pura, conseguía encandilarme como pocas cosas pueden encandilar a un chiquillo. Hoy, unos cuantos años más tarde, la niña es ya toda una mujer, igualmente de dulce, con la misma humildad y ternura, pero brillante, inteligente y bonita; bonita como ninguna.  Yo, sin embargo, sigo siendo el mismo idiota al que se le comen los nervios al mirarla a los ojos; el mismo chiquillo que busca su preciosa y perfecta sonrisa cada vez que la ve, como quien necesita del aire para respirar; y el mismo, por desgracia, que cobardemente sigue mirándola desde la barrera, desde el banquillo de aquellos que saben que no van a jugar ese partido. Si hay algo de lo que de verdad puedo llegar a arrepentirme, es de no haber sabido estar en el momento preciso, de no tener el valor de decirle, que desde las sillas y pizarras de las clases de primaria, hasta hoy, rozando el cuarto de siglo, ella ha sido la primera mujer con la que empecé a perder la razón. Si hablamos de musas, ella fue la primera, sin duda.

¿Qué sentido tiene escribir esto ahora? Quizás no debería, pero por más que intente evitar pensarlo, no puedo: eres para mi, tan preciosa como inalcanzable. El problema, como diría el maestro Benedetti, es lo estúpido del hecho de intentar sacar de la cabeza, aquello que no sale del corazón.

Gonzalivsky

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